Liberalismo

Argentina-Superar el populismo económico-Por Daniel Gustavo Montamat

Superar el populismo económico
Daniel Gustavo Montamat
Para LA NACION
Martes 7 de diciembre de 2010

La reincidencia en políticas populistas, por derecha o por izquierda, ha transformado a la Argentina en un país decadente. Todo puede cambiar en una generación, si a los consensos políticos para "republicanizar la democracia" se suman las bases de una estrategia económica que nos permita reencontrarnos con el progreso y la justicia social.
En el corto plazo, habrá que compartir costos políticos para evitar nuevos atajos y futuras frustraciones. La energía social argentina debe ser canalizada en un proyecto de metas compartidas de largo plazo que traduzcan políticas de Estado.
La Francia de la posguerra estaba humillada y destruida. En agosto de 1945, pocas semanas después de la capitulación nazi, Jean Monnet, un empresario de la industria del coñac, hoy recordado como el "padre de la Unión Europea", se encontró con el general Charles de Gaulle en Washington. Nunca había habido empatía entre los dos hombres. Es más: los biógrafos dicen que el "General" sospechaba que Monnet era "agente extranjero". Pero la necesidad de la reconstrucción francesa era prioritaria y en esa ocasión el empresario le reclamó a De Gaulle que dejara de hablar de la grandeza de Francia: "Francia es hoy una economía pequeña; será grande cuando tenga el tamaño que lo justifique, y para eso hay que modernizarla y transformarla". Cuentan que De Gaulle reaccionó a la objeción de Monnet pasando a la ofensiva. Dando por superada la desconfianza, desafió al empresario: "¿Quiere intentarlo usted?". Jean Monnet aceptó el reto. En una oficina que tenía relación directa con el primer ministro francés, el empresario llevó adelante el conocido plan Monnet, de planeamiento indicativo. El programa privilegiaba la inversión necesaria para reconstruir el aparato productivo francés y medidas tendientes a una mejora sistemática en la productividad, para alcanzar las mejores prácticas de la producción internacional. De allí, el imperativo de superar las restricciones del mercado interno y el objetivo de obtener escala en el mercado regional. La Europa integrada, objetivo político tendiente a superar ancestrales guerras fratricidas, tenía también una razón de ser económica y social: una nueva escala de mercado para la producción interna. En una generación, Francia volvió a estar entre las primeras potencias económicas del mundo.
La Argentina del siglo XXI también se debate entre modernización o decadencia. El populismo económico encarna el rostro de la decadencia, y la modernización sólo vendrá de la mano de un proyecto de desarrollo alternativo.
Al comenzar la década del 50, la Argentina tenía una distribución del ingreso parecida a la de los países desarrollados de Europa (más cerca de 0,30, según el coeficiente Gini, en el que el 0 marca perfecta igualdad y el 1 evidencia la más absoluta desigualdad). Hoy estamos por encima de 0,50, como la mayoría de los países latinoamericanos. Las políticas sociales populistas no han logrado efectos redistributivos duraderos.
El populismo viene de fracaso en fracaso, pero todavía domina las corporaciones y atraviesa transversalmente todo el arco político.
El populismo económico, sostiene Paul Krugman, se caracteriza por los excesos monetarios y fiscales, y sus programas asumen la quimera del financiamiento externo irrestricto (que termina en default y devaluación) o la quimera de la emisión monetaria irrestricta (que termina en hiperinflación y devaluación). El populismo medra con la desigualdad y la pobreza; sin embargo, sus cíclicas explosiones de inflación, desempleo y devaluación producen más pobres y agravan las desigualdades.
Pero su atractivo electoral es innegable en el corto plazo. Las promesas redistributivas de hoy, aunque no sean sustentables en el tiempo y ni siquiera sean eficaces en sus resultados de corto plazo, dan rédito político inmediato, más aún en sociedades en que cunden la desigualdad y la pobreza. En medio de crisis recurrentes, cuando la competencia electoral es una puja de promesas populistas, es difícil para la sociedad distinguir los atajos engañosos y sus consecuencias sociales. También hay ofertas populistas en los países con desarrollo y cohesión social, pero, con menores apremios de corto plazo, quedan sometidas al contrapeso de otras propuestas que desenmascaran sus falacias e inviabilidad.
Para superar el populismo argentino y reducirlo a la marginalidad del discurso político, es imprescindible la cooperación de las principales fuerzas políticas a partir de acuerdos básicos que promuevan políticas sustentables de largo plazo, y hay que empezar a acordar por donde el populismo exhibe su mayor contradicción: la justicia social. El capítulo liminar de un consenso no populista debe fundarse en una nueva política social de largo plazo, con metas concretas de reducción de pobreza y desigualdad. El populismo ha deshonrado la justicia social, y el proyecto alternativo de desarrollo debe hacerla realidad.
La reducción de la desigualdad y la pobreza son compatibles con metas fiscales y monetarias que erradiquen los excesos del pasado y apuntalen horizontes de solvencia intertemporal. La austeridad fiscal deberá eliminar privilegios y concentrarse en las políticas sociales que más favorecen a los pobres. Es imprescindible arreglar el ascensor social descompuesto con una educación de calidad, igualadora de oportunidades.
¿Cómo acordar sustentabilidad fiscal y disciplina monetaria en un país reincidente en crisis e incumplidor serial? Abrevando en nuestro aprendizaje de prueba y error. ¿Recordamos los años virtuosos de los superávits gemelos, aquellos que vinieron más como consecuencia que por convicción? Hay que recuperarlos acordando la meta de sostenerlos (sin trampas contables) durante varios años. Además, el superávit fiscal debe alcanzar a la Nación y a los niveles subnacionales. Para eso, los consensos mínimos también deben alumbrar criterios rectores de un nuevo contrato fiscal entre la Nación y las provincias.
Un tipo de cambio flexible y competitivo se irá apreciando por aumento de la productividad sistémica y no, como ahora, por inflación. Para ello, habrá que aunar criterios en la constitución de un fondo soberano contracíclico que compre parte de los dólares del excedente comercial con los pesos del superávit fiscal. El ahorro público complementará el ahorro privado nacional para aumentar y sostener los niveles de inversión. Los consensos deben dar especial acogida a la inversión extranjera directa e incluir una mención explícita a la certidumbre de reglas y a la previsibilidad institucional.
Sobre los cimientos de una base macroeconómica consistente, vienen los desafíos microeconómicos para mejorar la organización del capital y el trabajo, aumentar la productividad sectorial y global y generar nuevos empleos. Aquí, la prueba y el error tienen para mostrarnos experiencias sectoriales como la del aumento de la productividad agropecuaria, y ejemplos exitosos como el de la comuna de Rafaela, en Santa Fe. Pero hay que abrevar en la experiencia comparada, para aprender de lo que funciona. El documento producido por la oficina local de la Cepal, "La Argentina ante la nueva internacionalización de la producción: crisis y oportunidades - 2009", combina diagnósticos sectoriales con propuestas concretas, y explora las potencialidades productivas del país en función de la región y el mundo.
El enfoque de las cadenas de valor, a partir de las ventajas competitivas de la cadena agroindustrial, es clave para empezar a compararnos en otros sectores con las mejores prácticas internacionales. Se trata de acercarnos a los eslabones de consumo final en las cadenas de valor global (de "granero" a "góndola"), para agregar más conocimiento y trabajo calificado a nuestros productos.

© La Nacion
El autor es doctor en Ciencias Económicas y en Derecho y Ciencias Sociales

Fuente: LA NACIÓN, de Buenos Aires.

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