Liberalismo

“Ese no vuelve a levantar la mano nunca más”-Responsables y primeros “desaparecidos"

CON FIRMA
“Ese no vuelve a levantar la mano nunca más” Los responsables y los primeros “desaparecidos”
POR LINCOLN R. MAIZTEGUI CASAS
   
n las décadas de 1920 y 1930 grupos de revolucionarios anarquistas realizaron una serie de acciones que costaron la vida a numerosas personas. Tal vez la que más conmoción causó fue el asesinato del comisario Luis Pardeiro,
La acción de los “anarquistas expropiadores” en Montevideo, en las décadas de 1920 y 1930, causó profunda conmoción en una sociedad que estaba ya bastante lejos de la violencia endémica que la había sacudido durante el siglo XIX y le había ganado el nombre de “tierra purpúrea”. En aquellos años, y un poco de tiro del apogeo de los ácratas violentistas (que había culminado en las dos décadas a caballo entre ambos siglos), grupos de revolucionarios realizaron una serie de acciones que costaron la vida a numerosos orientales. Tal vez la que más conmoción causó fue el asesinato del comisario Luis Pardeiro, ejecutado junto a su chofer muy cerca del centro de la capital, en Bulevar Artigas y Monte Caseros.

La violencia política. La extrema violencia con que actuaban los “anarquistas expropiadores”, en su gran mayoría italianos o españoles, no era conocida por estas latitudes, y había generado un rechazo mayoritario y la secreta simpatía de algunas minorías radicalizadas. El 25 de octubre de 1928 un comando encabezado por el catalán Agustín García Capdevila había asaltado violentamente el cambio Messina, sobre la plaza Independencia, había matado a su propietario, Carmelo Gorga, a un empleado y al chofer del taxi que habían alquilado, Oscar Fernández, que fue fríamente ejecutado. En el incidente habían sido también heridos de gravedad dos transeúntes.

El 9 de noviembre de ese mismo año fueron detenidos todos los responsables de aquel asalto, uno de los cuales se suicidó antes de ser capturado. En esa pesquisa tuvo particular destaque el subcomisario Luis Pardeiro, que ya se había hecho notar por logros anteriores, y que recibió como compensación el ascenso a comisario.

El 18 de marzo de 1931 se escaparon por un túnel aquellos detenidos; obra maestra de ingeniería, había sido construido desde el exterior del penal de Punta Carretas a partir de una carbonería llamada “El Buen Trato”, comprada por compañeros anarquistas de los presos. El responsable principal de aquella espectacular acción fue un argentino llamado Miguel Angel –o Miguel Arcángel– Roscigno, que tenía entonces 40 años y una larga actuación como “anarquista expropiador” en Argentina. El 26 de marzo, apenas una semana después de la fuga, Roscigno fue detenido junto a otros compañeros en casa de un Roberto Dassori, que vivía en una casa de la calle Curupy y General Flores.

La bofetada fatal. Esa tarde tuvo una primera entrevista con el comisario Luis Pardeiro, quien, al decir del propio Roscigno, “usó conmigo los procedimientos más brutales e indignos”. Laureano Riera, en sus “Memorias de un luchador social”, editadas en Buenos Aires muchos años después, recordaba que Pardeiro le había dicho a Roscigno: “Yo a vos no te voy a poner la mano encima para destrozarte, porque sos duro, tenés cartel internacional, estás muy protegido por los políticos, la prensa y el populacho te considera un héroe. Pero te voy a hacer algo peor: voy a traer a tu mujer y te la voy a hacer montar por los milicos en presencia tuya. Y no vas a poder chillar para no pasar vergüenza”. Según la misma fuente, Roscigno respondió a estas palabras con un insulto y Pardeiro lo abofeteó. Boadas Rivas, anarquista y posible testigo presencial de aquellos hechos, cuenta que más tarde Roscigno le dijo a su abogado, el político blanco Lorenzo Carnelli: “Ese hijo de puta me dio una bofetada. No se la voy a perdonar en mi vida. Me la tengo que cobrar; preso o en libertad, algún día me voy a cobrar esa bofetada.”

El relato de Boadas Rivas continúa hasta la irrupción de “un italiano, anarquista, a quien llamábamos “Faccia Brutta”. Fue a ver a Carnelli y le pidió: “Deme la manera de hablar con Roscigno”. Así se produjo el siguiente diálogo, en presencia del mismo Carnelli y en un cocoliche mezcla de español e italiano:

–Vengo por una pregunta. ¿Te levantó la mano ese Pardeiro?

–Sí, me la levantó.

–Nada más. Ese no vuelve a levantar la mano nunca más.

Aquellos hechos cambiaron sustancialmente el destino de varias personas.

El atentado. Corría el año 1932 en el “Uruguay feliz” que estaba a punto de dejar de serlo; Gabriel Terra aún era presidente constitucional, apenas apuntaba en el horizonte la durísima crisis que sacudía el mundo capitalista desde 1929 y la “gran depresión” aún era algo que les pasaba a otros. Después de todo, ¿no se había construido en seis meses, un año y medio antes, el Estadio Centenario, y no era Uruguay campeón del mundo de fútbol?

En un mes de febrero particularmente asfixiante el comisario Luis Pardeiro se encontraba investigando algunas irregularidades acaecidas en la Aduana. Todos los días su chofer, Edgardo Gariboni, lo iba a buscar a su casa, cerca de Larrañaga y Monte Caseros, lo transportaba hasta el edificio de la Aduana y luego lo devolvía a su domicilio.

Por esos días el comisario andaba nervioso, y le pedía a su conductor que variase de ruta. “Una vez me dijo –recordaba Gariboni más tarde- que si estando en la Aduana alguien le llevaba la carga y yo lo veía, le metiera bala. Lo mismo me ordenó hacer si en nuestro camino se atravesaba intencionalmente un coche”. Pero el 24 de febrero a eso de las 12 del mediodía, Gariboni avisó que estaba enfermo y no acudiría al trabajo. ¿Había recibido información de que se preparaba un atentado? Hay quien sostiene que sí, pero ese extremo nunca se pudo probar.

Hay decisiones fatales: José Chebel Seluja Cecin, libanés de 35 años, que había ingresado como chofer en la Policía apenas tres meses antes, se ofreció a sustituir a Gariboni. Sería la última tarea de su vida.

A las 12.30 Seluja partió del garage situado en Gaboto y Cerro Largo hacia el capitanía del puerto, conduciendo un Ford Faeton matrícula 7703. Al llegar, recibió la orden de seguir al coche en el que viajaban el capitán de puertos, Carlos Baldomir –hermano de quien sería más tarde presidente de la República- y el comisario Pardeiro; ambos funcionarios solían ir juntos hasta Bulevar Artigas. Los dos coches recorrieron 18 de julio desde la Plaza Independencia, entre los toldos y los tablados de aquel tiempo estival, hasta el Hospital Italiano. Pardeiro se despidió y se introdujo en su propio automóvil, situándose en el asiento de atrás, sobre la izquierda. Leía atentamente una carta mientras conservaba una mano en el bolsillo, apretando su pistola. El coche llevaba la capota recogida.

El chofer Seluja enfiló por Bulevar Artigas hacia Monte Caseros. Al llegar a la calle Pagola existía entonces un cruce ferroviario por el cual circulaba un tren que llevaba al Manga; era necesario, si el paso estaba habilitado, disminuir la velocidad para atravesar las vías y luego doblar hacia la derecha por Monte Caseros, y eso hizo precisamente el conductor policial. En el momento en que el Ford Faeton estaba cruzando las vías, tres hombres que estaban sentados en la acera de enfrente, en una zanja próxima a un club deportivo, se aproximaron y comenzaron a disparar sobre el vehículo. Herido, el chofer se tiró del coche, que continuó la marcha solo por Bulevar hasta detenerse en un baldío. Casi todas las balas habían sido disparadas de atrás y desde la izquierda, y Pardeiro estaba ya clínicamente muerto: gran parte de su masa encefálica había salido por el agujero que tenía en la frente y se desparramaba sobre el asiento y el guardabarros. En su mano conservaba aún la carta que estaba leyendo. Sobre la calle, también herido de muerte, yacía el cuerpo del infortunado Seluja, con dos balazos a la altura del corazón. Eran la una y media de la tarde.

Los agresores huyeron por Bulevar hacia Hocquart; algunos vecinos los corrieron gritándoles asesinos y tirándoles piedras, pero al verse apuntados por las pistolas, desistieron. Los tres fugitivos desviaron un camión, que podía estar siguiéndolos, y secuestraron luego un coche Studebaker de 1929, propiedad del mecánico Raúl Gauthier, en el que se alejaron. El coche apareció más tarde abandonado frente al Hospital Español.

Esa noche, en el velorio del comisario asesinado, alguien escribió en el libro de condolencias: “Ojo por ojo, diente por diente”. ¿Fue una victoriosa reivindicación del atentado realizada por alguno de sus responsables? ¿O una amenaza de la policía de responder al asesinato de su compañero con algo de la misma dimensión? Aquella frase sigue siendo un misterio. La investigación del asesinato de Pardeiro y Seluja partió de algunos elementos dictados por el sentido común. Si bien el comisario podía tener enemigos en diversos ambientes, era natural que se investigase de manera principal a los anarquistas, pese al pedido del senador batllista Pablo María Minelli de “no centrar la investigación en los elementos ácratas y comunistas de la sociedad”. El hecho de que hubiesen actuado a cara descubierta parecía señalar que no eran gente conocida en el ambiente local, y la huida notoriamente improvisada, la ausencia de un vehículo en el que escapar, daba idea de un atentado oportunista, no planificado para ese momento o ese lugar.

En el mes de junio de ese mismo año el comisario José Pascasio Casas Rodríguez anunció que había detenido a los responsables de la muerte de Pardeiro y de Seluja, así como de otros posteriores. Se los exhibió públicamente: eran Tomás Borche, José González Mintrosi, Domingo Aquino, Pedro Tufro, Teótimo Maldonado, Nicolás Urdanov, Carlos Pagani, Gerardo Fontela López, Rudecindo Nicolás, Rodolfo Musso y Angel Petrov.

La policía acusó a Domingo Aquino, Tomás Borche y González Mintrosi de haber matado al comisario y a su chofer. El tercer miembro del comando había sido, siempre según esta versión, Germinal Regueira, que los había transportado en un taxímetro de su propiedad (dejado luego en un garage por un desperfecto). Posteriormente se acusó también al búlgaro Nicolás Urdanov y al joven Rodolfo Musso de haber tomado parte en la acción.

El juicio fue larguísimo, y la sentencia se dictó recién en 1951, condenando a largas penas a los presuntos responsables; pero algunos de ellos ya habían salido libres por medidas de gracia. Hoy se tiene la casi certeza de que la policía se equivocó en la atribución de aquellos crímenes. Según declaraciones posteriores de algunos implicados, Pardeiro y Seluja fueron eliminados por Armando Guidot y Bruno Antonelli Dellabella, apodado “Faccia Brutta”, que habrían venido especialmente desde Buenos Aires para cumplir esa tarea. El tercer integrante del comando pudo haber sido Germinal Regueira. La verdad exacta aún se desconoce.

Roscigno, Paredes y Malvicini, detenidos en Montevideo por haber construido el túnel de la carbonería El Buen Trato, fueron ilegalmente entregados a la policía argentina y nunca más se supo de ellos; fueron los primeros “desaparecidos” en ese país.

Después del entierro de Luis Pardeiro, el diputado Buranelli propuso en el Parlamento ponerse de pie en homenaje al comisario asesinado, pero la moción fue rechazada. En el lugar del atentado, hay un monolito conmemorativo de aquellas muertes.
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Los protagonistas
   
El comisario Luis Pardeiro, un policía de innegable capacidad, que empleaba a veces métodos brutales, lo que terminó por costarle la vida.
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Fuente:EL OBSERVADOR, de Montevideo.

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